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EL HOMBRE DE HIELO VENGADOR VS LOS ABOBINABLES BANCOS DEL INFIERNO.

28 agosto 2009

El sueño erótico más frecuente que tengo consiste en comerme un pastel de cuatro chocolates entero. El siguiente en frecuencia consiste en incendiar una sucursal bancaria, del banco que sea.

Cuando sueño eso, despierto tan feliz cual mocoso que le ganó todas las canicas a su amiguito más gandalla, esperen ¿los mocosos de ahora aun saben lo que son las canicas?

En fin, es tanta la aversión que siento contra esos malditos vendedores de sueños clasemedieros baratos, que fantasear con sucursales bancarias explotando con gran esplendor en serie, a menudo ha ocasionado que se me caiga la baba.

Desafortunadamente nuestro mundo y nuestro fallido pero irradicable modelo económico los han hecho un mal necesario, tan es así, que es prácticamente imposible hacerse de un lugar para caerse muerto si no estás dispuesto a que un banco te la meta doblada y sin salivita. De igual forma, para aspirar a moverte en una carcachita medianamente decente, que no te deje tirado a media noche a la mitad de la autopista Guadalajara-México justo en la noche lluviosa mas fría del año (algún día me desahogaré y sacaré de mis entrañas ese terrible episodio), debes estar dispuesto a que un banco te vea la cara, no se diga de pendejo sino de mongol. Vamos, hasta para conseguir una entrada para ver a tu banda favorita dependes de esos monstruos del abismo.

En unos cuántos años de tormentosa relación de abuso arbitrario y unilateral he vivido algunos sinsabores, por ejemplo, la vez que fiel a mi costumbre acudí a pagar mi tarjeta de crédito en el último día posible y en el último minuto de horario hábil, y al llegar al banco vi dos tipos corriendo pistola en mano saliendo de la sucursal, la acababan de asaltar, la sucursal suspendió labores, no pude pagar la tarjeta y a los dos días sentí un palo rasposo desgarrándome aquellito cuando me cayó la multota por no pagar a tiempo. O cuando un día, teniendo en mi tarjeta un saldo inusualmente alto, el banco decidió de un día para otro incrementar mi tasa de interés personalizada del 4% al 45% anual.

Todo indicaría que este abuso continuaría indefinidamente y que el banco me mantendría empalado a placer. Pues bien, fíjense que no, en este preciso momento puedo presumir que las cosas se están emparejando e incluso la balanza está comenzando a inclinarse a mi favor. Y a continuación les platicaré como esto ha sido posible.

Empecé por reducir mi saldo pendiente hasta lograr quedar en ceros, a partir de ahí siempre pagué el total de lo gastado en el mes. Así, el banco al ver que no le estaba dejando ganancia empezó a tirarme anzuelitos, como ir reduciendo las tasas de interés de la tarjeta, y empezó a enviarme préstamos que podía yo tomar en el momento que lo decidiera para gastarme el dinero en lo que se me hinchara. Primero ofreciéndome tasas del orden del 30% anual, y yo pensaba “están pendejos”, que luego bajó al 25% y yo “están pendejos”, y luego al 22% y yo “pendejos”, al 15% y yo “pendejos”, al 10% y yo “ah cabrón”, hasta que el banco se desesperó y decidió quitarse los calzones: me prestó $65,000 lucas a una tasa del 4% anual (y yo “tómenla putos”). Así, sin que yo lo pidiera, pues los tomé, y pude hacer una inversión que resultó redonda comprando una ganga.

Y luego el banco tuvo la peor ocurrencia de su historia. En ese tiempo por cada $100 gastados el banco me regresaba $1 varito en puntos. Pues que me ofrecen, por una cuota única de inscripción de $750, triplicarme los puntos por tiempo indefinido, hice algunos cálculos y grité ¡Aleluya!. La tomé y a partir de entonces pago el super, las chelas, los cds, la gas, el gimnasio y hasta los chicles con tarjeta de crédito.

Ahora me “achilillo” al banco a razón de más menos ¡¡¡$800 lucototas al mes!!!

Así que ya lo saben, si sienten que los bancos les parten el hocico, háganle como yo, sacrifiquen un poco su estilo de vida clasemediero pretencioso, pónganse al corriente y ¡chinguen a los bancos también!